jueves, 19 de julio de 2018

HAPPY END

La película de Michael Haneke es un retrato descarnado de las familias de clase alta.

La clase, claro, es una cuestión de dinero y posición, de una serie de convenciones y rituales en los que, una vez que se entra, hay que mantenerlos, aunque no se tenga el talento ni la inclinación para ello.


El director nos muestra como de destructivas pueden ser estas estructuras, estas demandas, estas imposturas para los simples individuos, que solo quieren ser felices a su manera pero que se encuentran atrapados con sutilísimas cadenas en ese falso teatrillo de la pretensión de las personas con haberes y estatus.

El dinero, definitivamente, no da la felicidad.


El argumento sigue a una pequeña de 10 años que, tras el intento de suicidio de su madre divorciada, va a vivir con su padre, la nueva mujer de este, su tía, su primo y el cuasi senil pero muy centrado abuelo.

Descartada junto a su madre cuando se rompió la relación, regresa ahora a una familia que solo lo es por compartir los apellidos.


El director nos muestra a los personajes en todas sus miserias e intimidades concluyendo que esa vida no merece ser vivida, es tóxica y puede ser mortal para quienes más queremos.


Frente a la preocupación de los dos hermanos mayores por mantener las apariencias y por el qué dirán, el abuelo y la nieta acabarán siendo las personas más centradas, unidos por su necesidad de escapar de esa vida por cualquier medio necesario.

Una sonora denuncia de cómo son los que más tienen los que convierten al mundo en un infierno, primero para los suyos, luego para los demás.

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