La serie principal vive un revival de lujo bajo la dirección de Brevoort, Busiek y el retornado George Pérez: un momento de plenitud, de reconstrucción, de ambición editorial.
El primer proyecto planteado es World in Chains, un mundo alternativo donde Rick Jones debe alcanzar a un Steve Rogers aún congelado, en homenaje a la Tierra-X de DC. Pacheco realiza los primeros diseños, el concepto se perfila… pero el proyecto no prospera. Queda como borrador, eco, posibilidad no aprobada.
A partir de ahí surge la segunda propuesta: una serie limitada, Avengers Forever, donde Giant-Man y la Avispa se reúnen con un florilegio de Vengadores del pasado y del futuro.
Una aventura que busca atar los cabos sueltos de la historia del grupo y, sobre todo, de uno de sus villanos más clásicos —y más amado por Pacheco—: Kang el Conquistador, prolongación kirbyana del viajero temporal de Wells.
La verdad es que tanto da cuál fuese el contenido del cómic.
Porque lo decisivo no es el argumento, sino quién lo dibuja y desde dónde lo dibuja. Pacheco llega como hijo legítimo de Thomas, Adams, Englehart, Pérez, Shooter, Gruenwald y Byrne. Ese linaje convierte Avengers Forever en su obra total, no en un encargo.
El testigo se pasa en la portada: Rick Jones inválido rodeado de esas cabecitas flotantes que Byrne y Pérez consagraron. Pacheco elige representar a los personajes en sus momentos de fractura: el Capitán América post–Secret Empire, Yellowjacket como el ello de Hank Pym, Hawkeye escindido en su circo. Los guionistas no cierran esas puertas, pero Pacheco deja ahí las semillas: crisis, identidad, humanidad.
Un imponente Libra, representante del orden cósmico, aparece como heraldo de lo que será la saga más trascendente del grupo en cuanto a duración, ambición y espectacularidad. La Inteligencia Suprema y Rick Jones conectan la historia con la Kree-Skrull War, aunque el campo de batalla ya no sea el espacio, sino el tiempo.
El título hace mención al lema del grupo —“Una vez vengador, vengador para siempre”— y la alineación arquetípica se ve envuelta en la Forever War, un conflicto por la posesión del Cristal Forever, eco de los Cubos Cósmicos y demás artefactos ultrapoderosos. El Cristal no concede deseos: revela la verdad del tiempo. Por eso Kang lo desea, Immortus lo teme y Rick Jones lo necesita.
Así, mientras el lector revisita la historia del grupo y de su conquistador temporal, Busiek y Pacheco resumen el conjunto del universo Marvel, eliminando redundancias, puliendo historias personales y ofreciendo una versión miniada y comentada de las “sagradas escrituras” marvelianas.
No ha querido la economía hacerme coleccionista de originales, pero todo lo que ha dibujado Pacheco lo siento como dibujado para mí, para el lector. En esas páginas que recapitulan el origen de los Vengadores y el papel de Rick Jones —mascota del grupo, cantante olvidado, médium cósmico— Pacheco resume una vida de afición: la suya, la mía y la de todos los demás fans.
En cómics así —así, como debieran ser todos— queda patente la necesidad de que el dibujante no solo conozca a los personajes, sino que maneje su historia íntima y la del grupo en su conjunto. Pacheco no redibuja escenas del pasado: las asume, las realza, las imprime en nuestra conciencia.
Aunque un incesante transcurrir de eventos y protagonistas pase por los doce números, cada uno está tratado con amor y cuidado excelso. Basta ver el rostro de Mantis, Madonna Celestial, dibujada por primera vez como una mujer vietnamita. Aun en una conflagración universal, Pacheco dibuja personas, no personajes. Y es esa medida —la caracterización individual— la que hace su trabajo cósmico y modélico.
Desde los diseños egipcios del faraónico Rama-Tut, a los mundos alternativos, pasados y futuros, a los personajes olvidados y las batallas multitudinarias, todo el que está ahí está por una razón. En ese orden natural, el lector extrae la consagración de la idea de destino y libertad.
Con el tiempo y la distancia, hemos aprendido a apreciar uno o dos fallos de continuidad en el guion. Lo importante es que, dibujados por Carlos, estos se vuelven canon o perdonables: una cucharada de azúcar con la que tragamos cantidades ingentes de cualquier medicina.
En manos de cualquier otro artista, este guion no sería más que una insoportable redundancia sin arco de personaje ni conclusión alguna. Dibujado con la emoción y la dedicación de Pacheco, todo se vuelve una nueva Capilla Sixtina donde los lectores dudamos de si es el Universo Marvel o el nuestro el que peligra.
En la conclusión final, después de que poderes de todo orden peleen por hacerse con el Cristal, Steve Rogers —brújula moral del grupo— opta por destruirlo. Ningún mortal debe poseer tal poder. Hay también un breve pero crucial papel para el hombre común, Rick Jones, cuyo potencial nos encumbra a todos al tapete cósmico.
Superada la amenaza, los héroes retornan a sus respectivas épocas: el destino del mundo se ha jugado a espaldas de los grandes poderes. Y como siempre, como en nuestro mundo, el triunfo depende de que un hombre tome la decisión correcta cuando debe. No es poca moraleja para unos cómics de señores en calzoncillos.
Avengers Forever es un rara avis: un cómic que consagró el papel creativo de la continuidad momentos antes de que esta fuese olvidada y acusada de ser confusa. En algún lugar del Limbo, Immortus planea su venganza contra semejantes ignoramus.
Los Vengadores han acumulado ya errores de continuidad como para una docena de miniseries, pero sin Pacheco ya no tiene sentido abordarlas. Como los héroes protagonistas, los lectores hemos sido raptados del espacio-tiempo y hemos asistido a un drama metafísico, arquetípico, eterno en tanto que siempre habitaremos en él.
Ser vengador imprime carácter, lo mismo que ser fan de Carlos y sus trabajos.
En un mundo desencadenado, todos los editores habrían concedido a Carlos un nihil obstat para hacer y deshacer con sus creaciones. La industria puede pasar malos momentos, pero este trabajo da medida —como pocos— de su capacidad para ser el noveno arte y para, entre batallas de buenos y malos, encontrar tesoros intemporales.
"And there shall come a day, unlike any other..."





















































