(CONTIENE SPOILERS)
The Mandalorian & Grogu pertenece a una categoría más profunda y más triste: la de las obras que dañan la franquicia de la que provienen, como si hubieran sido concebidas en un laboratorio de anti‑épica.
Uno entra en la sala esperando una aventura cinematográfica, un salto cualitativo respecto a la serie, un clímax que justifique el paso a la gran pantalla, un nuevo comienzo, una unión de todas las tramas de las series actuales de Star Wars, una culminación del camino heróico de Mando...
Lo que encuentra es un producto compuesto por cuatro episodios sueltos, pegados con cinta adhesiva, sin ambición, sin alma y sin la menor comprensión de lo que significa Star Wars.
La estructura es reveladora: un primer episodio flojo, un segundo episodio flojo, un tercer episodio flojo… y uno piensa, como cualquier espectador razonable, que en el cuarto, los personajes se van a topar con el verdadero argumento, escondido, sorprendente, el que contenga el giro, el misterio, el dragón, la épica, el sentido. Pero no. El cuarto episodio es igual de flojo que los anteriores, porque no hay más plot que el ya presentado.
La película no es una historia: es un trámite. Un trámite caro, largo y sin propósito. Favreau y Filoni han decidido que lo que el público de Star Wars se muere por ver es... ¿qué pasó con los parientes de Jabba tras la caída del Imperio? "Son of Godzilla".
La película, además, tiene la osadía de disfrazarse de cine.Los personajes recuperados de las series de dibujos, no solo no son presentados en absoluto sino que ni tan siquiera tienen caracterización ni una sola línea memorable.
Durante media hora, Mando pasea por Blade Runner de saldo, con neones, lluvia y humo. No hay misterio, no hay investigación, no hay tensión. Solo un protagonista caminando sin rumbo, esperando que la atmósfera haga el trabajo que el guion no hace. Es el equivalente cinematográfico de un decorado bonito sin obra detrás.
Y cuando por fin parece que la trama va a despegar, la película comete su pecado mayor: Mando entra en coma. Literalmente. El héroe desaparece durante un episodio entero, escribirlo es demasiado esfuerzo.
En su lugar, la película se dedica a pasear NPCs: un piloto de Rebels sin personalidad, un droide cazarrecompensas genérico, un mafioso calvo que parece un cameo de Kingpin, una “Ripley” sin alien, y un Hutt culturista que promete épica y es un blando que cae a la primera de cambio.
Este último es especialmente sangrante: se nos presenta como un gladiador entrenado toda su vida, un heredero traumático, un personaje con potencial trágico. Pero cuando llega el combate con sus tíos —el supuesto clímax emocional— la pelea con el experto en lucha dura cinco minutos, no resuelve nada y no cambia nada. El héroe debe ser salvado, como el propio Mando, por Deus Ex Machina.
Grogu, por su parte, sufre la mayor amputación narrativa. En la serie tenía dudas, decisiones, evolución, poder. Aquí se limita a curar una herida. Y ya. Es la infantilización comercial del personaje, convertido en Funko Pop con poderes limitados. No hay crecimiento, no hay conflicto, no hay nada. Han decidido que un Grogu más maduro vendería menos peluches.
La obsesión freakie de los directores alcanza niveles de arqueología de utilería. Se nota que han pasado horas discutiendo por dónde dispara el rayo el droide 2983, o si el panel de botones coincide con el de 1977, y recuperar a la raza esa que se ve de refilón en no se qué peli anterior.
Creen que por usar maquetas en vez de CGI ya están al nivel de Ciudadano Kane. Pero el cine no es la técnica: es la intención. Y aquí no hay intención. Solo fetichismo técnico.
La película llega a su punto más bajo con el torneo, una escena reciclada de Thor: Ragnarok, pero sin humor, sin energía y sin sorpresa. Es auto‑fagocitación pura: una franquicia que ya no sabe quién es, copiando a otra franquicia del mismo estudio, pero sin gracia. Es el momento exacto en que Star Wars deja de ser mito y se convierte en producto que se imita a sí mismo.
Y por si quedaba alguna duda de que esto no es Star Wars, la película no tiene roll inicial ni fanfarria. La liturgia fundacional desaparece. No hay texto amarillo flotando, no hay música de apertura, no hay rito. Es como empezar El Padrino sin el tema de Nino Rota. Es romper el pacto con el espectador. Es decirle: “esto no es una saga, es contenido”.
El resultado final es una película que no suma, sino que resta. Resta épica, resta coherencia, resta prestigio, resta mito. Es la versión galáctica de La Búsqueda de Gollum: un paseo para buscar setas, esperando que ocurra algo que no ocurre. Un producto "placeholder" que solo deja en evidencia la imposibilidad de producir una continuación a la trilogía de Rey.
Un dragón mandaloriano que no aparece. Un héroe dormido. Un Hutt que no gana. Un torneo -el videojuego del Millenium Falcon- reciclado. Un Grogu sin evolución. Un universo que se encoge en vez de expandirse.
Y uno sale de la sala con la sensación de haber asistido a la autopsia de una franquicia.
Antes quería ver a Favreau para agradecerle Iron Man. Ahora quiero chasquear los dedos y desaparecerlo. Y a Filoni. Y a la Kennedy. Y al ratón Miki.
¡Al pozo del Sarlacc, y que esta vez los digiera!
A todo esto, en la sesión estuvimos DOCE personas en la sala. Me temo que relanzar una nueva trilogía les va a costar un pelín.
THIS IS NOT THE WAY.







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