lunes, 4 de julio de 2016

LA REINA DE LA COSTA NEGRA, POR R.E. HOWARD

A cada nuevo relato Pulp que leo me maravillo de la singular capacidad de muchos de estos creadores para captar los arquetipos más universales y llenos de significado, como si todos fueran visitantes de un mismo país, esa Inmateria de Alan Moore, que cada cual describiese según su perspectiva.


El mismo Jung alababa la manifestación del Eterno Femenino en la "She" de Haggard, y aquí aparece una pariente suya, una princesa blanca que gobierna sobre una tribu de invencibles piratas guerreros de ébano.

Pero la historia comienza con una divertida escena en la que Conan huye de nuevo de las autoridades de la Ciudad de turno, incapaz de entender las leyes de los burócratas, a los que suele partir en dos con su espada. Su Reino no es de este Mundo, podríamos añadir.

Unas armas, una cota, un casco, una capa que demuestran no solo el periplo de Conan por los paises de la Era Hyboria, sino que son los trofeos que ha ido acumulando en sus diferentes aventuras, en las pruebas iniciáticas que supera.


Howard sigue jugando con los dobles significados, y monta a Conan en un barco llamado "Argus", convirtiéndolo alegóricamente en un "Argusnauta", emulando así las epopeyas de los héroes más clásicos.

Si hay algo que lamentamos es que el autor no invierta algo más de espacio en establecer a la fiera Belit, reina Pirata, como personaje. A penas abre la boca para presentarse y profetizar su trágico final.

Con ello Howard dejó claramente abiertos esos tres años de aventuras en sus compañías para que futuros autores -con Roy Thomas a la cabeza- llenases un tremendo hueco.


Con el inicio de la travesía junto a ella, explorando la misteriosa Costa Negra, la narración fluye asimilándose a las aventuras oníricas de Lord Dunsany.

Los templos olvidados en la Jungla llenos de Joyas, las gigantescas serpientes nos llevan a las Tierras Vírgenes de Kipling.

Las ensoñaciones de Conan al encontrarse con los Lotos Negros son quizás análogas a las tentaciones de Parsifal con las Muchachas Flor.


Belit es quien promueve una extraña disquisición teológica sobre los dioses Cimmerios, con Crom a la cabeza y el gris ultramundo que gobierna, un horrible destino sin sentido del que Belit redimirá a su héroe, cual Doña Inés salvando a Don Juan de las puertas del Infierno.

Como el Amor Más Poderoso que la Muerte de Quevedo, Belit promete que ni esta podrá separarlo de Conan. Sus almas son una, Animus y Ánima, reunidas en un Matrimonio Alquímico.


Howard vuelve a usar el mito de la Caída, explicando como unos pretéritos seres luminosos acabaron transformándose en oscuros vampiros inmortales.

Un pasaje que a su vez nos recuerda los orígenes de los Orcos de Tolkien, siendo Elfos pervertidos por Melkor. Incluso el propio Sauron en sus orígenes alguna relación tuvo con Vampiros y Hombres Lobo.


El final de la historia, con sus joyas y su pira, desvela la naturaleza mítica relato: el mito de Sigfrido y la Valquiria Brunhilda, quienes también acabarán unidos por el fuego de su pira funeraria.

Y es que si Belit adora a Bel, dios de los ladrones, en su propio nombre se encierra su descendencia divina.