Esa misma década vio también el surgimiento de un nuevo formato, el “comic-book”, donde la narración visual se convertía al fin en protagonista absoluta de la publicación. Su popularidad crecería con rapidez y a ese éxito contribuyó en gran medida la aparición, en 1938, de Superman, en las páginas de “Action Comics”, primer superhéroe con sus requisitos al completo: doble identidad, uniforme característico y poderes sobrehumanos. No todos los superhéroes los cumplen —Batman, por ejemplo, no tendría poderes—; pero Superman fue el modelo que principalmente autores y editores intentaron replicar, en atención a su buena fortuna comercial.
Decenas de personajes coloridos y extraordinarios llenaron las revistas de cómics durante años, hasta que, finalizada la II Guerra Mundial y ya no necesitando símbolos de la lucha contra el fascismo extranjero y los agentes enemigos en el interior, los lectores fueron perdiendo interés en este nuevo género y las ventas descendieron, sobreviviendo a aquella purga solo los superhéroes más icónicos.
Regresarían unas décadas después con éxito renovado, aunque a esa primera etapa, desde 1938 a finales de los años 40, seguimos conociéndola como la Edad de Oro.
Pedro Angosto es un profundo conocedor del cómic de superhéroes en general, con una simpatía demostrada por aquel periodo inicial lleno de inocencia y desbordante fantasía. En “Los primeros superhéroes” nos describe a todos sus protagonistas y sus avatares editoriales, no limitándose a su singladura original, también registrando sus diversas reencarnaciones o resurrecciones en tiempos cercanos, hasta el día de hoy.
Estamos ante un libro exhaustivo que puede emplearse como entretenidísima lectura lineal o para acudir en su auxilio para una consulta concreta. En este sentido, imposible ponerle objeciones, porque la información que proporciona resulta de gran valor y rigor.
Solo me desconcierta que Pedro Angosto no haya escogido para su relato una progresión cronológica: empieza hablándonos de Timely —donde nacieron la Antorcha Humana, Namor y el Capitán América—, luego pasa a Quality, Fawcett, Archie y no es hasta el sexto capítulo cuando se ocupa de National/DC, donde en rigor arrancó todo. No deja de parecerme extraño la elección de esta estructura.
¿Tal vez para dejar como plato final y más sabroso a la editorial que aportó mayor número de personajes a la Edad de Oro? No por completo, pues en el capítulo siguiente el autor aún habrá de ocuparse de la numerosa legión de héroes pertenecientes a editoriales minúsculas, tan olvidados que incluso pasaron al dominio público, al no preocuparse nadie por renovar su propiedad. En cualquier caso, el trabajo de Pedro Angosto es muy recomendable y los fanáticos de los héroes en pijama obtendrán de su lectura muchas horas de gozo garantizado.


